En 1933 la educación superior en México vivió una tormenta. El 8 de septiembre de aquel año el Presidente de la República Abelardo L. Rodríguez inauguró, en la Escuela Nacional Preparatoria, el Primer Congreso de Universitarios Mexicanos. En el discurso oficial de inauguración, el Rector de la Universidad de Guadalajara, Enrique Díez de León, afirmó: “Para que la universidad sea un verdadero órgano superior de cultura, un verdadero poder espiritual, precisa que esté inspirada por una filosofía (…) La Universidad de Guadalajara sostiene que nuestra posición ideológica tiene que ser de izquierda, porque de otra suerte, la universidad mexicana estaría descentrada, desvinculada del momento en que vivimos. La vida nacional se desenvuelve íntegra bajo el soplo de un anhelo, de una suprema aspiración, tendiente a establecer en México el beneficio de los más. Sostenemos, aún a riesgo de que se nos juzgue radicales en demasía, que debemos estar preparados para el dominio de la justicia social en el que creemos y cuyo advenimiento esperamos optimistas”.

El Rector de la entonces segunda universidad del país no hacía otra cosa que expresar la posición impulsada por Vicente Lombardo Toledano, entonces director de la Preparatoria de la Universidad Nacional, promotor de la adopción del marxismo como ideología oficial de la educación superior. A final de sus deliberaciones, el Congreso adoptó casi por unanimidad esa postura, que implicaba la cancelación de la libertad de cátedra para imponer una ideología oficial a la enseñanza superior. Eran los tiempos de Narciso Bassols como Secretario de Educación Pública y se gestaba la reforma constitucional que declararía socialista a la educación pública. La Universidad de Guadalajara, encabezada por el aguerrido Díez de León, no tardó en cambiar su nombre por el de Universidad Socialista de Guadalajara, para que no quedara duda de la adopción del nuevo credo.

En la Universidad Nacional, sin embargo, la rebelión no tardó en estallar. Creada en 1910 por Justo Sierra en las postrimerías del porfiriato, también bajo el influjo de un credo ideológico, el positivismo, en su seno se había desarrollado una gran pluralidad de visiones del mundo, que iban del incipiente marxismo de Lombardo, converso reciente, al catolicismo integrista, pasando por las visiones bergsonianas de profesores como Antonio Caso, mentor de la generación de Lombardo, quien encabezó la disputa intelectual contra su antiguo discípulo, mientras Manuel Gómez Morín, después fundador del PAN, compañero de aventuras intelectuales de Lombardo en sus tiempos estudiantiles, se ponía al frente de la coalición para frenar la imposición del pensamiento único en el claustro académico.

Finalmente, la comunidad universitaria rechazó mayoritariamente asumir un credo oficial, que habría minado la misma idea de universalidad, consustancial a la creación y difusión del conocimiento. Gómez Morín fue nombrado Rector, con el apoyo de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos, un grupo inspirado por los jesuitas, lejano al fundamentalismo de quienes recientemente habían apoyado la rebelión cristera y que unos años después serían parte del núcleo fundador de Acción Nacional. El Secretario de Educación Pública clamó enfurecido “esta ha dejado de ser la Universidad Nacional, para convertirse en la Universidad Autónoma de México” y el Congreso aprobó una ley orgánica que planteaba un abandono gradual de la responsabilidad estatal en el financiamiento de la casa de estudios.

Nació así la UNAM, con la libertad de cátedra y la pluralidad como ejes de su acción. El Gobierno de Cárdenas, iniciado en 1934, no dejó de verla con recelo, como bastión del pensamiento conservador. Sin embargo, en sus aulas se desarrollaron con los años diferentes escuelas de pensamiento, entre ellas las marxistas, y recibió en su claustro a pensadores de formaciones muy diversas provenientes de los exilios a los que cobijó. Los españoles republicanos, por ejemplo, llevaron a la UNAM diversidad de ideas, como la filosofía orteguiana de José Gaos. Nada de ello hubiera florecido si hubiera triunfado la imposición de una ideología oficial.

Cuando en la década de 1970 se generalizó en las universidades publicas el marxismo como corriente hegemónica, estas sufrieron un empobrecimiento notable en su capacidad analítica y en la calidad de su enseñanza. En lugar de estudiar al marxismo como una corriente muy influyente, con aportaciones específicas, se le comenzó a considerar la verdad revelada en los planes de estudio, mientras se marginaba a otras visiones del mundo. En mis años de estudiante de Ciencia Política en la UAM llevé marxismo 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 8, mientras, de manera marginal, solo tuve dos cursos de lo que se consideraba con desprecio teoría política anglosajona o “estructural funcionalista” y los encargados de la carrera cedían frente a los prófugos de las matemáticas que clamaron por la eliminación del curso de macroeconomía. La única economía aceptada era la “política”, que no era otra cosa que la lectura de los tres tomos de El capital.

En los centros públicos de educación superior se vivió un empacho ideológico que asfixió la imaginación y la creatividad e impidió el desarrollo de una ciencia social útil, más allá de una pretendida pero fallida identificación con las causas populares. Fue la creación de Conacyt, con sus programas de becas al extranjero, la que salvó de la inanidad a la academia social mexicana, mientras el CIDE se desarrollaba lentamente, influido también por personalidades importantes de los exilios progresistas, como un centro de investigación serio, plural, que buscaba nutrirse del conocimiento generado en las universidades norteamericanas y europeas.

Es verdad que el CIDE vivió una transformación importante durante el Gobierno de Carlos Salinas de Gortari, cuando recibió a jóvenes doctores formados con fuerte influencia de la economía neoclásica, pero nunca dejó de ser un centro plural. Su nueva relevancia hizo que creciera y se diversificara, para convertirse en un centro de excelencia con un reconocimiento mundial del que carecen otras instituciones públicas de investigación y educación superior. En el CIDE hay de todo, desde un firme creyente en el actual Gobierno, como Ignacio Marván Laborde, hasta economistas muy ortodoxos del credo neoclásico, pero de ninguna manera puede ser considerado un refugio del conservadurismo. Todo lo contrario: ahí he conocido a representantes de lo más novedoso de la academia jurídica, ahí se creó un programa de estudio de los derechos sexuales y reproductivos y alberga al único programa de política de drogas del país, en el que colaboré como profesor invitado durante mi último sabático. La historia que se hace en el CIDE es novedosa y dinámica y sus investigadores han buscado incidir en el espacio público y han impulsado agendas que en su momento han sido disruptivas e innovadoras.

Conservadora mi universidad, donde subsisten pequeños núcleos de investigación relevante en un marasmo dominado por el clientelismo y la inercia. Asfixiada por la endogamia, producto de la generalización de los “concursos” cerrados para contratar a leales, la UAM languidece, pero el Presidente de la República lo que quiere es capturar al CIDE y al resto de los centros Conacyt con leales, mientras su fiel Marx Arriaga busca adoctrinar a los niños en el credo oficialista.

Fuente: Sin Embargo