Cuatro reelecciones presidenciales consecutivas; una oposición que fue reducida a un tercio de su votación desde 2010; la remoción y el cambio de centenas de jueces independientes; el control granítico de los medios públicos; el rebase de tope de gastos de campaña en la última elección, dada una contratación de propaganda política ocho veces mayor que la oposición; el 96 por ciento de la cobertura de noticias públicas sobre el gobierno fue positiva y por el contrario, el 82 por ciento de la cobertura sobre la oposición negativa; o la pertinaz intimidación que el presidente Viktor Orbán, ejerce una vez y otra también, contra las autoridades electorales de Hungría.

¿Total? Doce años en los que ese país se exhibe como el caso más acabado de moderna autocracia, muestra la viabilidad histórica de la “democracia iliberal”, o sea, la democracia del gigantismo presidencial y de la falta de controles y de contrapesos. Su negación.

Jesús Silva-Herzog Márquez lo advirtió en un artículo (Reforma, 11 de abril 2022) subrayando la vinculación del déspota con su oligarquía consentida y el poder del dinero. A su vez, Carlos Tello Díaz (Milenio 7 de abril), mostró el control mediático del régimen y la purga de más de mil periodistas en los sistemas públicos de información.

En las semanas que vienen creo, hay que voltear a ver otra característica de ese deslizamiento autoritario: su tenaz transformismo electoral, que comenzó temprano, en su primer periodo de 2011 y que tuvo tres propósitos abiertamente torcidos a favor del partido de Orbán: cambiar los distritos electorales, modificar la forma de asignación de los escaños y debilitar a las autoridades electorales de aquel país.

El resultado de esta operación le ha dado frutos injustos al señor Orbán. Con estos cambios implementados, Fidesz -el partido oficial- retuvo su mayoría calificada en 2014, a pesar de que recibió 8 por ciento menos de votos que en 2010. En ese momento, de haberse respetado las reglas anteriores, la oposición hubiera podido conseguir la mayoría parlamentaria.

Desde entonces la autocracia húngara no ha dejado de modificar leyes e instituciones de su sistema electoral, en una rutina unilateral para proveer de más ventajas al gobierno: trazo arbitrario y conveniente de los distritos electorales para favorecer al partido del gobierno; una fórmula que premia el reparto de curules para la fuerza mayoritaria (no para representar a las minorías), regalando más y más escaños a la coalición del régimen y debilidad a los tribunales electorales.

Antes de las elecciones en abril de 2022 volvieron a la carga, en lo que se ha vuelto un modus operandi que ya cuenta con cientos de modificaciones electorales y así, con el 53 por ciento de la votación, Fidesz se despachó con el 68 por ciento de la representación ¡15 por ciento de distorsión parlamentaria!

Los trucos de los magos populistas incluyeron la realización coincidente en un referéndum homofóbico que era a su vez, parte central de la campaña de Fidesz, para que la propaganda del Estado viviera una coincidencia feliz con la del partido, en plena campaña.

El clientelismo (que deja claro a quien se le debe -personalmente- las transferencias de dinero líquido) hizo su aparición. Informan B. Magyar y B. Madlovics: “en el mes anterior a las elecciones, el gobierno desembolsó pagos en efectivo a los hogares por un total de alrededor del 3% del PIB, incluidos reembolsos de impuestos a 1.9 millones de empleados, un mes adicional de beneficios a 2.5 millones de jubilados y grandes bonificaciones a 70 mil miembros de la policía y fuerzas armadas”.

El proyecto de la autocracia húngara cosechó este año, así, un éxito sonoro que llevó a que Viktor Orbán, exultante, declarara: “la Hungría de los valores y la de la cristiandad se unifica y se consolida”. El nacionalismo y su identidad avanza.

Hay que cobrar conciencia: llamar a este tipo de gobiernos “régimen híbrido”, “democradura” o asimismo, “democracia iliberal” nos hace miopes: vemos una foto y no la película que es: en 2012 fue una cosa, en 2015 otra, en 2022 algo mucho peor. Y esa deriva empezó con una reforma electoral.

Fuente: Crónica