Uno de los problemas más insidiosos que impiden asumir de una vez por todas, que vivimos en un territorio peligroso, es la negación, ese estado social, psicológico colectivo que no permite recordar ni actuar en consecuencia con la realidad.

Hoy, hace exactamente cuatro años, una periodista de primer nivel se negó a presentar “Aquí volverá a temblar”, un libro que escribí después de recorrer los 150 lugares más lúgubres, dañados tras el terremoto del 19 de septiembre de 2017.

Ella no pudo, aunque reconoció la importancia, pero en sí mismo, constituye una anécdota que junto a otras decenas, confirman cuán poco dispuestos estamos -los chilangos y los mexicanos todos- a asumir las consecuencias de vivir aquí, en un territorio de sismos, ciclones, deslaves, inundaciones, tsunamis, sequías y otras catástrofes. Y ahora, sin el Fondo de atención a desastres (FONDEN).

Ha terminado septiembre y para recordar y superar la negación he querido volver a lo básico echando mano de la historia y la estadística:

• México es un escenario sísmico estelar. En los últimos quince años se han registrado más de 21 mil doscientos temblores con magnitud igual o mayor a 3.5 grados. O sea que se registran 4 sismos por día con esa magnitud.

• En los últimos 120 años han ocurrido unos 80 sismos con una intensidad superior a 7 grados en México, lo cual debe llamar la atención pues significa que tenemos un terremoto cada año y medio, en promedio.

• Pero los temblores se ensañan especialmente en ciertas regiones del país: el 80 por ciento de ellos suceden ¡adivinaron! en Guerrero, Oaxaca y Chiapas. No es casual que sean los estados de mayor pobreza, pues están expuestos recurrentemente a los círculos de empobrecimiento que genera el ciclo construcción-destrucción-reconstrucción.

• Por el contrario, en Nuevo León ocurren típicamente solo el 1.8 por ciento de los sismos en el país.

• Nuestro país experimenta tres clases de sismos: de subducción, profundos y superficiales. Los de subducción son los más frecuentes y los más graves.

• Estos movimientos ocurren con la interacción de dos placas tectónicas mayores: la de Norteamérica y la del Pacífico. Pero hay otras tres que también danzan sobre el territorio nacional: la de Cocos, la de Rivera y la del Caribe.

• El sismo más grande de que se tiene memoria ocurrió en 1787 y tuvo una magnitud de 8.6, lo devastó todo en Oaxaca y provocó un tsunami que inundó el territorio seis kilómetros adentro.

• El sismo con más réplicas registrado en la historia tuvo 44 eventos que movieron la tierra con una magnitud superior a 4.5 y su epicentro se localizó en Ometepec el 20 de marzo de 2012.

• Otros sismos célebres son el de Acambay (Estado de México, en 1912, con 7 grados); el Mayor-Cucapah (Mexicali, 2010 con 7.2 grados); el del Ángel (que tiró el monumento en la Ciudad de México, con epicentro en Acapulco, en 1957, con 7.8 grados); el de Jalapa (1920, 6.4 grados); y el sismo de 1985 (epicentro en Caleta de Campos Michoacán con magnitud 8.1 grados) y que causó más de 10 mil muertos en la Ciudad de México.

• Y por supuesto, el sismo del 19 de septiembre de 2017 que causó 228 muertes, (4 más en hospital) con epicentro en Axochiapan Morelos.

Sirva esta pequeña ayuda de memoria -ya fuera del miedo que propician los septiembres- para recordar donde estamos parados, el lugar donde vivimos, la diversidad de puntos desde los cuales provienen nuestros riesgos y amenazas telúricas.

Porque todo parece indicar que la experiencia traumática de 2017 no fue suficiente para imaginar siquiera un sistema de protección humana más amplio, con nuevas instituciones, regulaciones y protocolos más poderosos que anticipen lo que sabemos de seguro, que la siguiente catástrofe acecha ya, y aquí volverá a ocurrir.

Fuente: Crónica