A lo largo de los últimos años me he ido convenciendo de que los mexicanos sí somos demócratas, sí existimos, pero sólo aparecemos cada vez que hay elecciones, especialmente presidenciales o de gobernador. El resto del tiempo dejamos que algunos políticos, los columnistas y quizás algunas organizaciones civiles se encarguen de la “voz” de la ciudadanía. No participamos lo que deberíamos. Quizás porque hemos aprendido que los políticos tienen la piel muy gruesa, de hule impenetrable, de modo que ni las manifestaciones por las calles, ni la evidencia de escándalos inconfesables que en cualquier parte del mundo serían motivos de renuncia y de persecución judicial, los hacen cambiar de opinión, de conmoverse, de revisar sus formas de actuar. Los políticos están solamente en lo suyo, y los ciudadanos nos resignamos a que la política no es para los ciudadanos comunes, que es su monopolio, y que mientras no lleguen las próximas elecciones no hay mucho qué hacer.

Fue a raíz de la elección intermedia de 1997 cuando, con un nuevo IFE ciudadanizado e independiente del presidente, aprendimos que sí era posible cambiar los gobiernos. Ese año el PRI perdió su mayoría legislativa por primera vez, a raíz de la crisis de 1994 y sus secuelas, y por primera vez tuvo que negociar con la oposición para sacar sus proyectos adelante. Comenzamos a tener un cierto equilibrio de poderes.

El siguiente “cobro de factura” fue en 2000, cuando la gente, le cobramos al PRI los 70 años de hegemonía, sus corruptelas y sus agravios. Salimos a las urnas y echamos al PRI de Los Pinos. Fue entonces cuando nos convencimos de que las elecciones sí funcionaban para quitar a los gobiernos que no nos satisfacían. La confianza fue llegando, a veces con lentitud, a elecciones para gobernador. Pero con el tiempo se fue afianzando.

Las reformas electorales subsecuentes han ido moldeándose a una nueva realidad. Las diversas fuerzas políticas han intentado llevar agua para su molino, pero gracias a la pluralidad, se ha logrado un sistema creíble, que goza de la confianza de la gente, y que ha permitido transitar de manera pacífica por episodios complejos en la transmisión del poder. Esas reformas han llevado a que el actual INE sea un baluarte de nuestra democracia. Sólo así se ha podido reforzar nuestra confianza en las elecciones como el ÚNICO medio para ejercer nuestro derecho de elegir, de premiar o castigar a los partidos y políticos que nos gobiernan.

Quizás por ello es que en ocasiones haya desesperación ante el aparente desdén de muchos ciudadanos, que nos frustre su supuesta apatía. Pareciera que hemos perdido nuestra capacidad de asombro ante la cascada de escándalos, de delitos que se cometen en nuestras narices y que las autoridades simplemente miran a otro lado, se burlan o mienten. Pareciera que ya vemos con normalidad que el hermano del presidente reciba dinero presuntamente público para “financiar su campaña” y que la Fiscalía Especializada en Delitos Electorales lo absuelva, o bien que los militares espíen ilegalmente a periodistas y que no haya consecuencias, o que de pronto la Fiscalía General anule 18 órdenes de aprehensión en contra de militares por el caso Ayotzinapa, o que el presidente deje sin vacunas a millones de niños, y que por su estrategia fallida durante la pandemia hayan fallecido más de 700 mil personas en exceso a las que ocurrieron en años anteriores, y todos tranquilos.

Sí. Pareciera que la gente ya quedó pasmada y que nada le conmueve o irrita. Yo no estoy de acuerdo. Me parece que los ciudadanos siguen anotando todos los agravios que ha cometido este gobierno y sólo está esperando las elecciones de 2024 para castigarlo, de la misma forma que la gente castigó al PRI y al PAN en 2018. López Obrador lo sabe. Sabe que a la gente no se le olvida y se las cobra en las elecciones. Por eso está preparando una elección de Estado, una elección en donde el gobierno utilizará TODOS los medios institucionales, económicos y políticos para ganar. López Obrador sabe que, si hay elecciones limpias con un árbitro independiente, la gente votará y lo castigará por la destrucción del país. Por eso, ante el miedo fundado de que perderá las elecciones de 2024, está intentando por todos los medios aniquilar al INE tal y como lo conocemos. Intenta acabarlo mediante cambios a la Constitución; si no puede, modificará leyes secundarias, aunque sean inconstitucionales (ya lo ha hecho); y si tampoco puede, lo logrará mediante el relevo inminente del presidente del INE y tres consejeros más.

Por eso, hablamos de la Batalla del INE. En realidad, es nuestra batalla para que no nos ARREBATEN nuestro derecho a elegir, a premiar y a castigar como ciudadanos a los que nos han gobernado. Para quienes pensamos que López Obrador ha lastimado a México como nadie, no tenemos ninguna otra forma de echar a Morena de Palacio Nacional.

Fuente: El Financiero