El mayor reto es generar confianza en un país que destaca por su desconfianza. ¿Podremos pasar de la “corrupción somos todos” a la solución somos todos?
Sólo 1% de los mexicanos considera que es efectivo el combate a la corrupción en el país. Tres cuartas partes opina que es ineficaz o muy ineficaz. ¿Por qué nos extraña que México ocupe el lugar 106 en el mundo en materia de corrupción?
El mapamundi de Transparencia Internacional (TI) nos regala un color rojo intenso, idéntico al de Argentina, China y Argelia. De los mexicanos, 52% piensa que la corrupción ha crecido mucho en los últimos dos años y sólo 7% afirma que ha decrecido, de acuerdo al Barómetro de Corrupción de TI.
El barómetro y el índice son complementarios. El primero, que se dio a conocer en julio, sistematiza opiniones de personas que viven en México. El índice, que se divulgó ayer, está hecho de varias encuestas a un grupo de élite que en su mayoría tiene una visión externa de nuestro país. Ahí se refleja la visión de viajeros de negocios internacionales, inversionistas y diplomáticos, entre otros.
Las dos miradas coinciden: México no ha avanzado en materia de combate a la corrupción. Los datos del 2013 son muy parecidos a los de años anteriores. La inercia de la corrupción permanece inalterada, mejor dicho, casi inalterada: los cuerpos policiacos ya no encabezan la tabla de percepción de la corrupción. Fueron rebasados por los partidos políticos. Hay que reconocer que éstos se esmeraron por alcanzar este liderazgo. No es fácil tener peor imagen que las policías, pero el deterioro interno de los partidos se ha convertido en un espectáculo de putrefacción inagotable.
¿Qué haremos para reducir la corrupción? Predomina en muchos la creencia de que se necesita un golpe de efecto, crear una comisión nacional con plenos poderes para el combate o nombrar un zar. La primera opción suena a revolución francesa y la segunda, más raro: ¿desde cuándo los zares son ejemplo de virtud? Si los estadounidenses cometen el error de designar como zar a algo que simboliza el lado correcto, mejor no los copiemos.
En oposición a esta búsqueda de golpes de efecto, hay mucha gente, entre ellos Eduardo Bohórquez, director de Transparencia Mexicana y uno de los mayores expertos del tema, que opinan: “No hay una solución mágica. El reto es crear un sistema nacional que permita sumar esfuerzos y mantenerlos en el tiempo”.
El zar anticorrupción o la comisión plenipotenciaria anticorrupción no son balas de plata para matar un vampiro sino un placebo o algo peor: alucinógenos. El camino más viable es menos espectacular. Implica crear protocolos claros para dar seguimiento a los casos de corrupción y establecer mecanismos de coordinación entre las diferentes instancias públicas que, en teoría, trabajan en el combate en sus diversas facetas: Secretaría de la Función Pública; Procuraduría General de la República; Unidad de Inteligencia Financiera; Comisión Nacional Bancaria y de Valores y la Fiscalía Especializada en Delitos Electorales, entre otros.
El mayor reto es generar confianza en un país que llama la atención por su desconfianza, según consta en las encuestas internacionales. Casi cuatro de cada cinco mexicanos sólo confían en su familia. No se puede combatir la corrupción, ni hacer nada que valga la pena, desde la desconfianza extrema. Es la sociedad colaborando entre sí y con el gobierno para deseducarnos en todo aquello que nos hace vulnerables a la corrupción y educarnos en la confianza de que podremos revertir una triste situación.


















































