Durante unos meses tuvimos la ilusión de que la pandemia por Covid nos iba a hacer mejores. A los gobiernos los haría más sensibles a las necesidades de la gente; a las empresas, más responsables; a las comunidades, más resilientes y a los individuos más solidarios. Y la verdad es que nada de eso ha pasado, o si lo ha hecho es en casos particulares, que no acaban de provocar una tendencia. Uno de los temas más duros es que, en el transcurrir de la pandemia, se presentaron los peores efectos imaginables en ciertos grupos de la población. Como se temía, la pandemia está afectando desproporcionadamente a quienes siempre pierden: a las personas de bajos ingresos; a los que tienen un empleo precario, para quienes el acceso a salud (y a una vacuna) es restringido; a las mujeres, a los niños. El mundo feliz que nos imaginamos para la era pospandemia era sólo una entrañable ilusión.

El ámbito educativo ha sido particularmente golpeado por la pandemia. Las escuelas cerraron sus puertas, lo que habilita factores que profundizan las desigualdades, difíciles de contrarrestar. Fuera del plantel escolar y en casa, las niñas y los jóvenes tuvieron que vivir de lleno toda la dureza de sus circunstancias. En América Latina y en México sufrieron el acceso desigual al mundo digital: los ricos lo tienen, casi todos; los pobres, muy limitadamente, apenas uno de cada cinco lo tiene.

Los niveles educativos de los padres siempre son factor que explica el rendimiento escolar, y en condiciones de confinamiento se convierte en un elemento todavía más potente. Las niñas y jóvenes de hogares pobres no pudieron recibir el apoyo necesario de sus padres, por sus propias limitaciones educativas, pero también porque los adultos no se ‘guardaron’: tuvieron que salir a ganarse la vida. Esta desventaja está siendo menos marcada en hogares con padres de mayor escolaridad, que pudieron hacer un confinamiento pleno y estar más atentos a las necesidades de los niños. El impacto en término de brechas será enorme.

Por eso tiene que haber un esfuerzo deliberado para atender con énfasis a las poblaciones que sufrieron desmesuradamente el cierre de escuelas. Esta es la esencia que, a mi parecer, debe conducir la agenda y las acciones durante la pandemia y posteriormente. Ahora sí que “primero los pobres”, pero en una versión real, palpable, con políticas públicas sustantivas dirigidas al objetivo, y no sólo en el mundo figurativo, de ilusiones, del presidente.

Para leer artículo completo: Clic aquí

Fuente: El Financiero