Ayer se conmemoraron 33 años de la caída del muro de Berlín, momento clave en el desmantelamiento de los regímenes comunistas de Europa, utopías igualitarias devenidas en pesadillas totalitarias. Pareció entonces que, al menos en el mundo desarrollado, la democracia –entendida como un régimen de libertades y derechos, con mayorías temporales y mutables, y con garantías para las minorías– había triunfado de manera permanente. Es ya un tópico la referencia al fin de la historia como una fantasía ingenua, pero a finales del siglo pasado, la esperanza de una era de prosperidad sin totalitarismos ni autoritarismos se abría paso entre las sociedades de la época.

Pasó poco tiempo, apenas una década, para que el optimismo se disolviera en el aire fétido del fundamentalismo, el terrorismo y la guerra revanchista. Después vino la gran crisis económica que despertó nuevamente los espíritus más oscuros del nacionalismo, la xenofobia y el rencor alimentado por la desigualdad y el abuso. La quimera de la prosperidad con derechos produjo los monstruos populistas de nuestros días, todos ellos reivindicadores de las mayorías que claman justicia frente a los agravios de minorías. 

Tanto desde lo que tradicionalmente se ha considerado derecha, como desde posiciones pretendidas de izquierda, han surgido movimientos y líderes que se reivindican como los auténticos representantes del pueblo, comunidad imaginaria donde radican todas las virtudes, el que tiene el derecho legítimo para ejercer el Kratos, contra los enemigos de sus esencias básicas. 

Pueden ser los migrantes pobres que invaden cual bárbaros para acabar con el estilo de vida puro y los valores tradicionales o bien pueden ser las elites depredadoras que oprimen a los más pobres: uno u otro extremo pueden servir para lanzarse contra las elites políticas que impiden la auténtica democracia, directa, sin intermediaciones, encabezada por un caudillo carismático, el representante auténtico de la voluntad general, el pueblo mismo encarnado, frente a los representantes espurios de los intereses particulares. 

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