En estos días, las páginas de prensa se han llenado de argumentos que se duelen de las injusticias que se cometerían de aprobarse las reformas impulsadas por el gobierno federal. En un país sin hábitos para pagar impuestos ni cumplir obligaciones, con un gobierno ajeno a la idea de rendición de cuentas, con una sociedad fragmentada entre sus desdichas y sus intereses, y con partidos ensimismados entre sus clientelas y sus conflictos interiores, no es sorprendente que la idea de la justicia se haya convertido en un valor de cambio, sin contenido sustantivo.

Alguna vez conté —pensando en un ensayo sobre las virtudes cardinales que no he tenido tiempo de escribir— hasta diez entradas diferentes a la idea de la justicia: como una virtud fundamental de la política e incluso como su condición; como la síntesis y el compendio de la prudencia, la templanza y el coraje; como producto de la voluntad de Dios, aunque sus caminos resulten “insondables”; como el equilibrio entre las fuerzas destructivas de los individuos, ya para civilizar, apaciguar o dominar; como producto de la razón y, a la vez, como su punto culminante de llegada; como ley, pero no divina sino humana, pactada, legítima y escrita; como resultado del ideal de la igualdad y de la acción común o, mejor, de la destrucción de la falsa conciencia; como dotación de medios y oportunidades, en pos del equilibrio entre las fuerzas antagónicas del trabajo y del capital; como una deliberación, un acuerdo y un procedimiento; como el opuesto de la dominación y del abuso, para restituir a quienes han padecido la injusticia o nacido en desventaja.

Es posible que algunos de los discursos que hemos escuchado en estosdías se acerquen a alguna de las entradas anteriores. Pero leídos en negro sobre blanco suenan, más bien, a la más pura y dura expresión de los intereses privados de quienes los pronuncian. Como lo advertía Hannah Arendt, están mucho más cerca del terruño personal que del pacto indispensable para convivir en paz. Y es que en ninguna de las entradas a la idea de la justicia hay una que sostenga que ésta se haga solamente para mí, a costa de todos los demás. De modo que algo fundamental se nos escapa de las manos cuando la democracia es incapaz de fijar límites sensatos a la deliberación y, en cambio, se convierte en el escenario de la lucha de todos contra todos.

Tomo de El Imperio Perdido, escrito por José María Pérez Gay, una cita de los Escritos Políticos de Hermann Broch: “En el Paraíso la justicia crea el poder; en el Purgatorio el poder crea la injusticia; y en el Infierno la injusticia crea el poder. En la vida cotidiana sobre la Tierra, sin embargo, el poder crea la justicia. Aunque exista siempre la amenaza del demonio, existe también la esperanza del Paraíso. Pero el milagro no llega si no trabajamos por su advenimiento”. Si Broch viviera entre nosotros, sabría que no estamos en el Paraíso y advertiría que tampoco estamos trabajando para construirlo. Vivimos más bien una tensión interminable entre el Purgatorio y el Infierno: entre el poder que no acaba de explicar con claridad la justicia de sus fines, y los afanes de quienes prefieren doblegarlo o apropiárselo de cualquier modo —y lo consiguen—.

Pero en ninguna de sus modalidades, la justicia es reparto del botín tras la batalla. Tampoco es armisticio, ni tregua temporal para recoger despojos, ni pacto de mafiosos para repartirse el territorio y los negocios. Por eso, aunque hoy todo el mundo esté invocándola, en realidad no haya nadie dispuesto a defenderla. Una vez más, cada quien corre con su ley —o en contra de ellas— y con sus intereses, mientras el gobierno juega con la idea según la cual hacer política equivale a aplacar las resistencias, negociando en cada caso. Ese pragmatismo que acaba produciendo la justicia del más fuerte, del más violento o del más rico.

Fuente: El Universal