Quienes elegimos la profesión académica debemos sortear cuestas muy escarpadas durante décadas para sobrevivir como profesores e investigadores, mientras vamos siendo evaluados por comités de toda índole que juzgan cien veces la calidad de nuestros trabajos. Escribir libros es prácticamente imposible sin robarle sueño a las noches, lograr que se vendan es una hazaña y llegar al nivel III del Sistema Nacional de Investigadores (el SNI) es el desafío de una vida completa.

Pero los poderosos tienen atajos. El doctor Alejandro Gertz Manero, por ejemplo, llegó directamente al rango más alto del SNI gracias a la formación de una comisión especial, creada exprofeso por Conacyt para revisar su expediente. Que yo sepa, ninguno de los investigadores nacionales activos tuvo el
privilegio de pasar por encima del largo proceso de evaluación que todos debemos seguir y ninguno había sorteado la negativa reiterada de las comisiones evaluadoras y revisoras que estudiaron su caso, mediante un procedimiento ad hominem: solo para él. Cuando eso ocurrió, el doctor Gertz Manero ya era el Fiscal General de la República.

Quienes evaluaron laudatoriamente sus libros y consideraron que merecía el rango más alto, omitieron verificar si no tenían partes plagiadas. Eso se supo después, gracias a la revisión informal —e indudablemente valiente— que hizo Guillermo Sheridan. Esos plagios dieron lugar a una denuncia ante Conacyt que, hasta ese momento, había cerrado los ojos ante la evidencia palmaria.

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