El martes pasado, 23 de julio, participé en el foro “Los retos y oportunidades de la clase media en América Latina” que organizó la Universidad Tecnológica de México con Óscar Arias, ex Presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz, como invitado principal. El panel de discusión, en el que también participaron Javier Tello y Rodrigo Negrete Prieto, discurrió sobre si se podía decir que las sociedades latinoamericanas eran primordialmente de clase media. El principal insumo para el debate fue el estudio recientemente publicado por el INEGI sobre las clases medias en México, en cuya elaboración el propio Negrete tuvo un papel relevante.

La primera conclusión del análisis del INEGI, –hecho con base en las encuestas nacionales de ingreso-gasto en los hogares mexicanos de 2000 y 2010– es que a México le falta un buen trecho para poder considerarse un país de clase media. De acuerdo con la estratificación social propuesta en el estudio, el 42.42% de los hogares del país, en los que vive el 39.16% de los habitantes, queda comprendido en el segmento medio, mientras que el 55.08% de los hogares, con el 59.13 por ciento de la población pertenece a los que el INEGI considera clase baja y sólo el 2.50% de los hogares, donde vive apenas el 1.71% de los mexicanos, es considerado de clase alta. Nada más lejos, entonces, de las fantasías de Javier Lozano y Ernesto Cordero, quienes durante su tiempo como secretarios del gobierno de Calderón repitieron el dicho de que México era ya un país de clase media.

Fue la limitada expansión de la clase media la que llevó al agotamiento del modelo de crecimiento basado en la industrialización orientada hacia el mercado interno de la época del llamado milagro mexicano; a pesar del crecimiento sostenido de la economía a una tasa de seis por ciento promedio durante casi 40 años, el paradigma de la industrialización basada en las protecciones a la producción nacional se agotó hacia la década de 1970. Cuando estalló la crisis económica de la década siguiente, se dijo que el problema había sido la falta de competencia y la receta a aplicar fue la apertura comercial más amplia y el abandono estatal de las políticas de fomento, con la intención de que fuera la mano invisible la que propiciara de nuevo el crecimiento, ahora basado en el mercado externo.

Sin embargo, el límite del modelo orientado al mercado interno radicó en que ni los trabajadores industriales ni los agrícolas se incorporaron al consumo de nivel medio. La economía mexicana de los años dorados del crecimiento no distribuyó lo suficiente y millones de mexicanos se quedaron sin cruzar la línea de la pobreza. Hoy, con una economía totalmente abierta, el crecimiento es mediocre y la movilidad social sigue siendo insuficiente. Además, de ese 60% de clase baja que reporta el INEGI, el 10% corresponde a población que si bien está arriba del nivel de pobreza, sí es altamente vulnerable a caer debajo de él, en la medida en la que carece de empleo formal, seguridad social, servicios médicos y pensión garantizada; son las huestes de la economía informal, que crece mientras el país no es capaz de atraer inversión productiva y generar empleo formal suficiente.

En su discurso inicial, Óscar Arias puso el énfasis en la importancia del libre comercio para generar crecimiento, oportunidades y empleo en los países de América Latina; sin embargo, en sus intervenciones durante la discusión, puso el acento en un tema que es central para evaluar la situación de la clase media y de la baja movilidad social en América Latina: la cuestión educativa. El ex Presidente consideró que la baja calidad educativa, producto en buena mediada de la baja calidad de los docentes, es un lastre enorme para el crecimiento económico de la región.

En efecto, de poco sirve el libre mercado cuando la principal ventaja competitiva radica en los bajos salarios de una población poco calificada; es ésta una ventaja efímera y endeble frente a regiones como la asiática que no sólo cuentan con poblaciones ingentes sino que han puesto en el centro de sus estrategias de desarrollo el avance de sus sistemas educativos –además de políticas de fomento y protecciones selectivas, con las cuales han mejorado su posición comparativa en el mercado mundial–. En cambio, los países latinoamericanos abandonaron sus sistemas educativos y hoy dan resultados lamentables en la prueba PISA, el mejor instrumento para comparar resultados educativos entre los países. Sólo Uruguay y Chile sacan resultados apenas mejores que México, último entre los países integrantes de la OCDE; todos los demás países de la región, incluido Brasil, tienen peor desempeño que nuestro país en comprensión de lectura, matemáticas y habilidades científicas.

Con sistemas educativos en condiciones precarias, la movilidad social se estanca y se desperdician las ventajas del comercio mundial, donde son más exitosos aquellos que pueden generar tecnología o atraer inversiones en sectores de la economía que requieren de capital humano bien capacitado. Sin un salto cualitativo sustancial en la calidad educativa, México y el resto de los países de la región tendrán poco más que ofrecer en el mercado global que salarios bajos. Sin ventajas competitivas específicas, basadas en la capacidad de innovación y en una población con competencias adecuadas para trabajar en empresas de alta tecnología, los países latinoamericanos no podrán ofrecer a sus poblaciones otra cosa que empleos precarios, servicios de baja calidad y desarrollo humano bajo. Así, la clase media en América Latina continuará siendo un espejismo para millones de personas.

Fuente: Sin Embargo