Me gusta la dualidad de la palabra: tráfico. Según el Diccionario (RAE, vigésima segunda edición), una de sus acepciones es la “circulación de vehículos por calles y caminos”, pero otra definición de la palabra alude a la “acción de traficar”. Es decir, a “comerciar, negociar con el dinero y las mercancías” o, en el extremo, a “hacer negocios no ilícitos”. Así, decimos que “hay mucho tráfico” para referirnos a la aglomeración de vehículos y a la creciente dificultad que tiene circular por la ciudad. Pero buena parte de las causas de ese tráfico están, a todas luces, en la otra acepción de la palabra.

En fechas recientes, por ejemplo, la circulación se ha visto entorpecida por quienes se han manifestado en contra de la reforma educativa. El tráfico se ha vuelto una tortura, porque los profesores inconforme decidieron desafiar a la ciudad para influir en el contenido de las evaluaciones que pondrían en riesgo sus trabajos. Y eso ha constituido una forma de tráfico de influencias; a saber: “la utilización abusiva e ilegal de la posición social o política con el fin de conseguir beneficios o ventajas”. Han tapado el tráfico, para traficar con la influencia política que les protege. Y en el camino, no sólo han revelado la contradicción entre acepciones sino de derechos entre ciudadanos.

Pero el tráfico de la ciudad también se ha entorpecido  por el deterioro de la infraestructura urbana . Salta a la vista la decadencia de la calidad de las calles y avenidas de la Ciudad de México y de su zona metropolitana. Las vías destinadas a la circulación se han convertido en zonas de riesgo no sólo por razones de seguridad, sino por el peligro inminente de perder las ruedas en cualquier momento. De un lado, los baches y las zanjas se han expandido como mala hierba y, de otro, la multiplicación de topes sin aviso previo ya es cosa cotidiana. Acaso, lo único que hay que celebrar de esas amenazas es el crecimiento paralelo del negocio de las vulcanizadoras.

Los baches son, a todas luces, una de las mejores evidencias disponibles sobre la pésima planeación del mantenimiento urbano entre las delegaciones y el gobierno de la capital, así como un indicio firme del abundante tráfico de dinero que hay detrás. Tan mala es la calidad de la organización que se hace cargo de facilitar la circulación de los vehículos como los materiales que se utilizan para aparentar que todos los días se tapan hoyos —en una clara perversión de la doctrina económica de Keynes— sólo para volverlos a tapar al día siguiente. Añado que en México hay una mirada más o menos tolerante con la corrupción, cuando ésta produce resultados. Pero la que está detrás del negocio de los baches se ha vuelto simplemente intolerable.

Y lo mismo puede decirse de las zanjas, incluyendo las que todavía persisten en vías tan relevantes como el periférico: son las huellas que van dejando los contratistas y la burocracia tras la pésima calidad de los trabajos realizados, ya para dizque reparar las calles o ya para levantar segundos pisos. Y en cuanto a los topes, no hay duda del tráfico de la política más demagógica posible: nacen como hongos, supongo, tras las sesudas deliberaciones y acuerdos entre un grupo de vecinos y sus autoridades, con independencia de cualquier consideración sobre la ingeniería de tránsito que debería justificarlos y aun cuando, además del tope, se colocan semáforos para bloquear con mayor severidad el tráfico. Y todo esto, sin mencionar los abusos sistemáticos de los transportes públicos, cometidos con flagrancia ante la mirada tolerante y cómplice de las policías de tránsito.

Comprendo que no es un tema principal de las agendas públicas y que, por este motivo, el bloqueo del tráfico por la Ciudad, debido a la abundancia de los otros tráficos procaces no parece interesarle mucho a la clase política que nos gobierna. Pero no sobra dedicarle al menos estas líneas, así sea por excepción, porque no hay nadie que esté a salvo de sus consecuencias.

Fuente: El Universal